Helicópteros y vecinos libran una batalla sin tregua contra el incendio forestal en Ávila
El incendio forestal que arrasa el sur de Ávila desde hace casi una semana ha calcinado más de 50.000 hectáreas y mantiene 16 municipios desalojados. En Burgohondo, helicópteros realizan descargas constantes para apoyar el contrafuego que ejecutan los equipos de tierra, mientras los voluntarios de Protección Civil patrullan el monte en busca de nuevos focos.

El olor a humo impregna las calles de Burgohondo y la ceniza cubre los paisajes que rodean este municipio abulense, epicentro de uno de los incendios forestales más devastadores de los últimos años en la provincia. Casi una semana después de que saltara la primera chispa, el panorama sigue siendo desolador. Helicópteros sobrevuelan sin cesar la sierra, cargan agua en cuestión de segundos en una balsa situada en lo alto y se lanzan directos hacia la densa nube de humo que oculta el Valle del Tiétar. La imagen, con el rugido de las aspas y el fragor de las llamas de fondo, recuerda a la película «Apocalypse Now», pero aquí los «charlies» no son soldados enemigos, sino los agentes forestales y bomberos que combaten el fuego desde la primera línea.
El incendio, que ha arrasado ya más de 50.000 hectáreas en el sur de la provincia de Ávila, mantiene desalojados a 16 municipios y presenta un perímetro de aproximadamente 160 kilómetros en ambas vertientes de la Sierra de Gredos. Las labores de extinción se concentraron este lunes en dos pequeñas localidades —Casillas y Mijares— donde los efectivos trabajan contra reloj para evitar reactivaciones y fijar perímetros de seguridad. Mientras tanto, en Burgohondo la estrategia se centra en el denominado «contrafuego», una maniobra que consiste en quemar de forma controlada una franja de terreno para frenar el avance de las llamas principales.
Jerays Paz Aldecoa, vecino de Burgohondo y voluntario de Protección Civil, explica con precisión la táctica que están ejecutando las aeronaves y los equipos de tierra. «Están trabajando en la zona de la sierra, haciendo un fuego perimetral o contrafuego, porque arriba tenemos una pista agrícola que cruza toda la sierra», señala mientras indica la dirección del avance del fuego. La maniobra implica sacrificar terreno para salvar el resto. «Están haciendo un contrafuego de flanco derecho para batir todas las llamas según van en su avance. Así conseguimos que vaya controlado todo el incendio, que choque llama con llama y, con un poquito de suerte, no se vaya a ningún flanco y quede completamente apagado por la misma llama», detalla. El apoyo aéreo resulta vital para que esta arriesgada operación funcione. La cercanía de la balsa de agua permite una cadencia de descargas «brutal». «Tardarán unos dos minutos en ir y venir. La verdad es que es un acoso constante a las llamas y se nota, porque ayuda bastante a las patrullas de tierra, a los Romeo y a los Charlis que están arriba, tanto a los técnicos como a los voluntarios», concluye.
La batalla no se libra únicamente desde el aire. A ras de suelo, la implicación de los vecinos ha sido total desde el primer momento. Al saltar la primera chispa, los lugareños se organizaron para frenar el avance inicial de las llamas y proteger a la población. Días después, continúan realizando patrullas de vigilancia día y noche para detectar cualquier nuevo foco. Los voluntarios recorren meticulosamente el monte quemado en busca de los llamados «hornos» —troncos carbonizados que albergan profundos agujeros en su interior donde el fuego puede mantenerse latente— y los apagan manualmente. Esta labor, que exige una dedicación y una valentía extraordinarias, se ha vuelto imprescindible para evitar que el incendio se reactive.
El alcalde de Piedralaves, Germán Ulloa, describió la situación como «un desastre». «Está comenzando a avivar el viento y se está levantando el humo; ya vemos cómo ha quedado la sierra y es un desastre. Hemos perdido un paraíso natural», afirmó a los medios. La parte alta del municipio, la que más preocupaba, se ha quemado completamente. La resignación y el cansancio se filtran en las palabras de los responsables locales, que, sin embargo, no cesan en su empeño por contener el fuego y proteger a sus conciudadanos. A última hora del lunes, los equipos de extinción lograron parar los focos que amenazaban de nuevo al pueblo de Burgohondo, un esfuerzo que, a riesgo de sus vidas, ha valido la pena.
El incendio forestal del sur de Ávila se ha convertido en una de las mayores emergencias ambientales de la región en años. La superficie calcinada supera ya las 50.000 hectáreas, una extensión que equivale a más de la mitad de la superficie de la ciudad de Madrid. Las autoridades mantienen activados los recursos aéreos y terrestres, y la coordinación entre los equipos de emergencia, los voluntarios y la población local ha sido clave para evitar daños personales mayores. Mientras las llamas continúan su avance en algunos puntos, la determinación de quienes luchan contra el fuego no flaquea. En Burgohondo y en los pueblos vecinos, la esperanza se aferra a cada descarga de agua y a cada patrulla que recorre el monte calcinado.


