
Un exmiembro de ISTA denuncia una cultura que culpaba a víctimas de abusos
El testimonio publicado por Crónica Global describe un entorno de «sexualidad sagrada», New Age y chamanismo donde las denuncias podían reinterpretarse como fallos de límites personales.
Rajanbastola / Wikimedia Commons
Un antiguo participante de la International School of Temple Arts (ISTA) ha denunciado en una entrevista con Crónica Global una cultura interna en la que, según su experiencia, algunas personas que hablaban de abusos sexuales terminaban siendo cuestionadas por no haber marcado correctamente sus propios límites. El entrevistado, que aparece bajo el seudónimo de Arnau, sitúa esa dinámica dentro de una comunidad internacional que mezcla formación en sexualidad, lenguaje New Age, prácticas chamánicas y desarrollo personal.
El testimonio no equivale a una sentencia judicial ni permite atribuir responsabilidad penal a toda la organización o a cada uno de sus facilitadores. Esa distinción es esencial. Lo que sí ofrece es una ventana sobre un mecanismo conocido en comunidades cerradas: un vocabulario creado para promover libertad, sanación o crecimiento puede convertirse en una herramienta para desplazar la responsabilidad del agresor hacia la persona que denuncia daño.
Arnau describe el uso de conceptos sobre «límites», responsabilidad personal y el llamado «triángulo dramático» para reinterpretar conflictos. En una versión saludable, aprender a expresar límites puede ser útil. El problema aparece cuando ese lenguaje se usa después de una agresión para sugerir que la víctima la provocó, la atrajo o falló espiritualmente al no impedirla. En ese punto, una idea de autonomía deja de proteger y empieza a culpabilizar.
ISTA se presenta dentro del amplio mundo de talleres de sexualidad consciente y desarrollo personal. Ese ecosistema no es satanismo ni debe confundirse con cultos violentos. Tampoco toda práctica de yoga, meditación, tantra o espiritualidad alternativa implica abuso. Precisamente por eso conviene evitar etiquetas fáciles y concentrarse en las estructuras de poder: quién establece las reglas, cómo se gestionan las quejas, qué ocurre cuando un participante dice «no» y qué vías independientes existen para denunciar conductas inapropiadas.
El testimonio publicado en España no surge en un vacío. En años anteriores, otros participantes han expresado quejas públicas sobre experiencias vinculadas a cursos de sexualidad sagrada. Esas denuncias siguen requiriendo evaluación individual y no deben mezclarse como si todas describieran el mismo hecho. Sin embargo, muestran que la discusión sobre consentimiento y rendición de cuentas en este tipo de comunidades es anterior a la entrevista de Arnau.
Hay una tensión particular en espacios que prometen liberación de tabúes. Cuanto más se valora «romper bloqueos», «soltar miedos» o superar inhibiciones, más importante se vuelve preservar un derecho claro a detenerse sin ser acusado de estar resistiéndose al crecimiento. Si un facilitador tiene autoridad emocional, sexual o espiritual sobre participantes, la asimetría de poder aumenta aunque el grupo hable constantemente de libertad.
Para el público, el criterio más útil no es decidir si una corriente es demasiado alternativa, sino observar las garantías. Consentimiento explícito y reversible, protocolos contra abusos, canales externos de queja y ausencia de represalias son señales más relevantes que el vocabulario espiritual empleado.
La entrevista de Crónica Global abre ahora una pregunta que ISTA y comunidades similares tendrán que responder con hechos: cómo se protege a una persona que denuncia daño cuando el lenguaje central del grupo insiste en la responsabilidad individual. La libertad personal pierde su sentido si se convierte en una fórmula para dejar sola a la víctima cuando más necesita protección.
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