Gibraltar y La Línea eliminan su frontera física tras más de 300 años
La medianoche del 14 al 15 de julio marcó el fin de la Verja que separaba Gibraltar de España, tras la firma del tratado en Bruselas que integra el Peñón en el espacio Schengen. La noticia, sin embargo, apenas alteró la rutina de los trabajadores y turistas que cruzaban la frontera en sus últimas horas de existencia física.

Seis horas antes de que la Verja se levantara para siempre, nadie parecía acordarse de ella en el autobús rojo que une Casemates Gates con la frontera entre La Línea y Gibraltar. Una joven de unos 25 años, que acababa de terminar su jornada laboral en el Peñón, discutía levemente con su novio. Dos asientos más adelante, un hombre de mediana edad charlaba con el conductor sobre un conocido fallecido. «Yo creo que se estaba ya despidiendo», comentaba el chófer mientras el autobús, casi lleno, avanzaba hacia la última frontera terrestre que quedaba dentro de la Unión Europea.
En la medianoche del 14 al 15 de julio, después de más de 300 años, la separación física entre La Línea de la Concepción y Gibraltar dejó de existir. Horas antes, en Bruselas, Gran Bretaña, España y la Unión Europea firmaron el tratado que blinda el nuevo estatus de la colonia británica dentro del espacio Schengen. Sin embargo, la mayoría de los pasajeros de ese pequeño autocar de la línea 2 pensaban en sus cosas, miraban el móvil o leían en un dispositivo electrónico, ajenos al cambio histórico que se avecinaba.
El cruce de la Verja en 2026 ya era casi instantáneo. El agente de fronteras británico que pasó la última mañana con la frontera activa apenas miraba el documento de identidad si se trataba de un DNI español. Le echaba un ojo por encima, sin llegar a cogerlo. Faltaban justo once horas para que su puesto de trabajo desapareciera, al menos como había sido hasta entonces. La mayoría de los que cruzaban a la una de la tarde de un martes laborable eran turistas. Una familia del sur de Inglaterra comentaba que los helados eran más baratos mientras caminaba hacia Winston Churchill Avenue, la primera calle del lado gibraltareño. A su lado, un grupo de militares estadounidenses de la base de Rota sacaba el móvil para hacer una foto.
Christian Viñales, residente en Gibraltar, reconocía que no le molestaba demasiado hacer cola, aunque admitía que ahora «será más fácil». «Era lo que yo llamo unfirst world problem, ponerse en una cola cuando hay gente en otros países muriendo de hambre o tratando de meterse en una balsa para venir a Europa», añadía en plena Main Street, la principal arteria comercial de Gibraltar. Keith Tonna, en la misma calle, también restaba importancia a los atascos en la Verja, salvo cuando «el Gobierno español protestaba». Sobre todo porque creía que las fronteras cada vez son menos «físicas» y más «informáticas».
Antes de 1713, cuando el Peñón quedó definitivamente en manos británicas, la vía más importante de la ciudad se llamaba calle Real. La culpa del cambio de nombre la tiene la flota angloholandesa que tomó la Roca nueve años antes, en el contexto de la Guerra de Sucesión Española. Esa es una de las historias que cuentan los guías turísticos repartidos por las zonas más concurridas de Main Street. Cuatro de ellos se refugiaban del calor pegajoso del mediodía en Cathedral Square, a la espalda de la catedral anglicana de esta ciudad de 34.000 habitantes, que también tiene una catedral católica, una mezquita y, al menos, cuatro sinagogas.
«Esto no es una preocupación, preocupación fue cuando [Francisco] Franco cerró la Verja en 1969», aseguraba uno de ellos, que explicitaba que muchos de los llanitos tienen familia en La Línea. Ninguno quería decir su nombre, pero todos coincidían en que los turistas que han estado estos días en la colonia —en 2024 fueron 5,85 millones según las estadísticas oficiales— no se interesaban demasiado por la desaparición de la frontera. Tampoco los guías parecían preocupados. Mientras esperaban clientes, su conversación giraba en torno al otro gran evento de la jornada: el España-Francia de las semifinales del Mundial.
«En la selección de Marruecos no son ninguno nacidos en Marruecos», espetaba uno de los guías para terciar en el debate más candente de los últimos días, el artículo de Mariano Rajoy que ha levantado ampollas en el país vecino. Prosiguió su discurso recordando que Gran Bretaña va por separado a las competiciones futbolísticas, al contrario de lo que ocurre en los Juegos Olímpicos. «Nosotros tenemos Gibraltar, England, Scotland, Wales… si en España se presentara Andalucía, el País Vasco y Canarias no tendríais equipo», terciaba este gibraltareño para jolgorio de sus compañeros.
En las calles de la colonia no se veían demasiadas camisetas de la selección inglesa, que juega el miércoles contra Argentina. Por contra, solo una azul deles bleusaparecía a la hora de la sobremesa en pleno día de la toma de la Bastilla, y la llevaba un niño pequeño. Aunque había algún local con la cara de Messi, no se veía mucho fan de la albiceleste. Lo que más se veía, paradójicamente, eran camisetas de España. La blanca de la segunda equipación arrasaba, e incluso un camarero llevaba pintada la cara con la rojigualda en uno de los bares de Casemates Square.
El fin de la Verja, que durante siglos ha sido un símbolo de separación y conflicto, se consumió sin grandes aspavientos. Para los trabajadores que cruzan a diario —unas 15.000 personas—, la rutina cambiará poco: ya no tendrán que enseñar el DNI para cruzar la aduana. Pero el ambiente en Main Street, con sus tiendas, bares y guías turísticos, seguía siendo el de un día cualquiera, marcado más por el fútbol que por la geopolítica. La historia, al final, se escribió sin que nadie la aplaudiera.


