El geocaching transforma la forma de viajar de miles de aficionados en España
El geocaching, una actividad que cuenta con más de 105.000 recipientes ocultos en España, ha transformado la forma de viajar de sus seguidores, que utilizan el GPS para localizar pequeños escondites y descubrir paisajes, patrimonio e historias que rara vez aparecen en las guías turísticas.

El geocaching, una actividad que cuenta con más de 105.000 recipientes ocultos en España, ha transformado la forma de viajar de sus aficionados. Utilizando el GPS para localizar pequeños escondites, los participantes descubren paisajes, patrimonio e historias que rara vez aparecen en las guías turísticas. Lo que comenzó como una curiosidad tecnológica se ha convertido en una forma distinta de explorar el mundo, donde el verdadero tesoro no está dentro de la caja, sino en el camino recorrido.
La primera pista no es una dirección ni un nombre de lugar, sino unas coordenadas. Una sucesión de números que obliga a sacar el móvil, abrir el GPS y dejar que el mapa marque el camino. Es una forma apropiada de entender el geocaching porque, en realidad, casi todo comienza así. Antes incluso de saber qué se está buscando, el juego ya ha despertado la curiosidad. Las coordenadas conducen hasta el lugar donde se celebran encuentros de la comunidad geocacher, como el que tuvo lugar recientemente en Mallorca. No hay premios ni competiciones, sino aficionados que intercambian anécdotas, comentan viajes, resuelven dudas y ponen rostro a nombres de usuario con los que llevan años coincidiendo en internet.
La escena podría confundirse con la reunión de cualquier asociación excursionista si no fuera porque las conversaciones giran alrededor de enigmas, coordenadas, recipientes o contenedores escondidos y lugares secretos repartidos por medio mundo. Porque eso es el geocaching: un juego nacido a comienzos de este siglo que consiste en localizar pequeños recipientes ocultos —los llamados geocachés o cachés— mediante unas coordenadas GPS. Los esconden otros aficionados de forma voluntaria para que cualquiera pueda encontrarlos siguiendo las pistas y respetando una regla esencial: una vez descubierto el tesoro, hay que dejarlo exactamente en el mismo lugar para que el siguiente jugador pueda vivir la misma experiencia.
Hay millones de geocachés repartidos por todo el planeta. Algunos apenas guardan una tira de papel donde escribir el nombre del visitante; otros incluyen pequeños objetos de intercambio y unos pocos se han convertido en auténticas obras de ingeniería que obligan a resolver acertijos o abrir candados antes de acceder al escondite. Pero quienes llevan años practicando esta actividad coinciden en una idea: el verdadero tesoro casi nunca está dentro de la caja. Lo importante es el camino.
Entre los asistentes a estos encuentros está Eva, quien junto a su marido y sus dos hijos forma Myotragus, uno de los grupos más veteranos de Mallorca. Bajo ese nombre firman todos los geocachés que encuentran, una costumbre habitual entre muchas familias españolas. Cuando empezaron, sus hijos tenían once y trece años; hoy ya han cumplido veinticinco y veintisiete y, aun habiendo cogido vuelo propio, siguen organizando buena parte de sus viajes alrededor del mapa de geocachés del destino que visitan. «Todo empezó porque mi marido se compró un GPS para hacer rutas con el coche», recuerda Eva. «Buscando información encontró el geocaching y pensamos que podía ser una actividad divertida para hacer los cuatro juntos. Probamos un día y ya nunca hemos dejado de hacerlo».
La imagen más conocida del geocaching es la de una pequeña caja escondida bajo una piedra o entre unas ramas. Pero basta hablar unos minutos con Eva para descubrir que ese tópico solo representa una parte de este universo. «Hay de todas las medidas, tamaños y colores. Y muchos están tan bien camuflados que puedes pasar delante veinte veces sin darte cuenta. Esa es parte de la gracia», apostilla. Todos los recipientes contienen, al menos, un libro de registro o logbook, donde quien los encuentra deja su nombre antes de volver a esconder el recipiente exactamente en el mismo lugar. Después, el hallazgo también queda registrado en la página oficial del geocaching. Algunos escriben únicamente un «encontrado, gracias»; otros aprovechan para relatar la experiencia o describir el paisaje descubierto. Los recipientes de mayor tamaño incluyen además objetos de intercambio. «Es parte del juego», resume Eva, quien remarca que, si está indicado, «la caja debe seguir igual para la siguiente persona». Esa filosofía colaborativa sostiene una comunidad formada por millones de aficionados en todo el mundo.
Quien piense que el geocaching consiste únicamente en caminar hasta un punto marcado por el GPS se equivoca. Los más habituales son los llamados tradicionales o tradis, en los que las coordenadas conducen directamente al escondite. Pero existen muchas más modalidades. Los mystery obligan a resolver un acertijo antes de salir de casa; los multi requieren recorrer varias etapas recogiendo pistas, y los letterbox, inspirados en los antiguos buzones de sellos, pueden desarrollarse incluso dentro de un museo. Las coordenadas conducen con frecuencia hasta miradores poco conocidos, torres defensivas, senderos, calas escondidas o elementos patrimoniales que suelen pasar desapercibidos para el turismo convencional.
El geocaching ha transformado la forma de viajar de sus seguidores, que planifican rutas enteras en función de los escondites que quieren encontrar. Para muchos, se ha convertido en una excusa para explorar rincones que de otro modo nunca visitarían. La comunidad, activa y colaborativa, organiza eventos periódicos donde los aficionados comparten experiencias y resuelven dudas. En España, con más de 105.000 geocachés activos, la actividad sigue creciendo, atrayendo a familias, grupos de amigos y viajeros solitarios que buscan una forma diferente de conectar con el entorno.


