Понедельник, 10 Август 2026Cultura · actualidad · contradiccionesÚltimas noticias
Buscar
ReligiónLectura

Epifanio pide una unidad eclesial que no dependa de personalidades

El metropolitano de Kyiv y toda Ucrania vincula la unidad con Cristo, la memoria de los Padres de la Iglesia y el discernimiento ante las tentaciones.

Epifanio pide una unidad eclesial que no dependa de personalidades
Frolexandr
AudioEscuchar este artículo

El metropolitano Epifanio de Kyiv y toda Ucrania ha dedicado su sermón del décimo domingo después de Pentecostés a tres ideas que se sostienen entre sí: mantener firmemente la unidad de la Iglesia en Cristo, escuchar las enseñanzas de sus padres y maestros y evitar las tentaciones. En el calendario ortodoxo de 2026, ese domingo cayó el 9 de agosto.

La primera idea marca una diferencia importante entre unidad y adhesión personal. Para Epifanio, el centro de la Iglesia no puede ser una figura humana, por prestigiosa que sea. El 29 de junio, al hablar de los apóstoles Pedro y Pablo, explicó que la celebración conjunta de dos personalidades tan distintas recuerda que la Iglesia no pertenece a Pedro ni a Pablo, sino a Cristo.

Ese contraste resulta especialmente interesante en una época en la que gran parte de la conversación pública se organiza alrededor de figuras. La política, la cultura, las redes y hasta las comunidades religiosas pueden acabar reducidas a seguidores y detractores de una persona. La lógica planteada por Epifanio es distinta: una comunidad cristiana puede reconocer liderazgo sin convertir al líder en la medida final de la verdad.

Ahí entra el segundo elemento de su sermón, los Padres y maestros de la Iglesia. A primera vista podría parecer una sustitución de autoridades contemporáneas por autoridades antiguas. En la tradición ortodoxa, sin embargo, su función es otra. Esos autores importan porque sus enseñanzas fueron recibidas dentro de una memoria colectiva que se remonta a la época apostólica y porque ayudan a interpretar la Escritura, la liturgia y la doctrina.

En marzo, durante el domingo del Triunfo de la Ortodoxia, Epifanio ya había insistido en la importancia de la enseñanza verdadera de la Iglesia, la continuidad apostólica y la vida sacramental. La tradición aparece así como un método de contraste. No todo lo que suena novedoso es falso, pero tampoco todo lo que resulta atractivo o emocionalmente poderoso merece convertirse en guía espiritual.

El tercer concepto — evitar las tentaciones — introduce el lado más personal. En el lenguaje cristiano, una tentación puede ser una invitación evidente al mal, pero también algo mucho más sutil: el orgullo de no admitir una corrección, el placer de humillar a quien piensa diferente, la necesidad de tener siempre razón o la fascinación por una personalidad hasta el punto de dejar de evaluar sus palabras.

Esta dimensión permite entender por qué unidad y discernimiento aparecen juntas. Una comunidad no se rompe únicamente por grandes disputas doctrinales. También puede desgastarse por resentimientos acumulados, rumores, rivalidades y pequeñas lealtades que con el tiempo se vuelven más importantes que el propósito común.

En abril, Epifanio describió la Iglesia como un espacio de unidad espiritual entre los creyentes y Cristo, y relacionó esa comunión con el crecimiento personal en la fe. La unidad, por tanto, no se presenta como una forma de uniformidad. La persona conserva su historia, su carácter y sus preguntas, pero no las vive en aislamiento.

La cultura contemporánea añade un desafío: la identidad puede organizarse alrededor de comunidades digitales más rápido que alrededor de instituciones duraderas. Un líder religioso puede ser conocido primero como rostro en una pantalla y solo después como parte de una tradición. Eso modifica la forma en que se construye confianza y hace más urgente distinguir entre influencia y autoridad.

En ese escenario, los Padres de la Iglesia cumplen una función contraria a la lógica de la novedad permanente. No tienen relevancia porque sean tendencia, sino porque su recepción se ha extendido durante generaciones. La comparación no convierte el pasado en una garantía automática, pero obliga a que una idea actual dialogue con algo más amplio que su propio éxito momentáneo.

Pentecostés fue celebrado por la Iglesia ortodoxa de Ucrania el 31 de mayo. La fiesta recuerda el descenso del Espíritu Santo y es entendida como el nacimiento de la Iglesia del Nuevo Testamento. Los domingos siguientes se cuentan desde ese acontecimiento. En ese marco, un sermón sobre la unidad en el décimo domingo plantea una pregunta de continuidad: después de nacer como comunidad, ¿cómo se evita que la comunidad se fragmente?

La respuesta de Epifanio no consiste en pedir silencio ante las diferencias. Su propia referencia a Pedro y Pablo sugiere lo contrario: las diferencias pueden existir. Lo decisivo es qué ocupa el centro y qué criterio se usa para juzgar las tensiones. Cristo funciona como centro; la tradición, como memoria y contraste; el discernimiento, como responsabilidad personal.

La Iglesia ortodoxa de Ucrania celebró además en julio un Consejo ampliado de obispos presidido por Epifanio. Ese hecho muestra la dimensión institucional de la unidad, con estructuras y decisiones compartidas. Pero el sermón de agosto subraya que una estructura no basta por sí sola. La comunión necesita hábitos interiores: escuchar, corregirse, distinguir entre convicción y orgullo, y no convertir cada desacuerdo en una lucha por identidad.

En ese sentido, el mensaje ucraniano trasciende la vida interna de una confesión. Habla de un dilema común en la cultura contemporánea: cómo conservar una comunidad sin caer en la obediencia ciega, y cómo preservar la libertad personal sin convertirla en aislamiento. Epifanio responde desde una gramática cristiana antigua, pero el contraste que plantea — Cristo frente al personalismo, tradición frente a la improvisación y discernimiento frente al impulso — resulta muy reconocible hoy.