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Claroscuro

31 agosto 2026

Economía

Rusia, riqueza inmensa y una brecha territorial extrema

El país más extenso del mundo reúne petróleo, gas, bosques, metales y diamantes a una escala excepcional. Sin embargo, los ingresos de Moscú cuadruplican los de Tuvá y en partes de la Rusia rural persisten carencias básicas de infraestructura.

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Rusia parece, sobre el mapa, una definición de abundancia. Es el país más extenso del mundo, con unos 17,1 millones de kilómetros cuadrados, y su territorio cubre once husos horarios. El Banco Mundial sitúa su población de 2025 en 143,5 millones de personas y su PIB corriente en unos 2,56 billones de dólares. Pero esas cifras nacionales esconden una geografía económica que cambia radicalmente de una región a otra.

La primera capa del contraste está bajo tierra. La Administración de Información Energética de Estados Unidos estima que Rusia disponía de 58.000 millones de barriles de reservas probadas de petróleo a comienzos de 2024 y de 1.559 billones de pies cúbicos de reservas probadas de gas natural en 2023. En 2024 produjo alrededor de 9,2 millones de barriles diarios de crudo y 23,2 billones de pies cúbicos de gas seco. Un año antes seguía siendo el segundo productor mundial tanto de petróleo y condensados como de gas seco.

La riqueza mineral es igual de llamativa. Según el USGS, en 2024 Rusia produjo el 41% del paladio mundial, el 30% de los diamantes naturales de calidad gema y el 42% de los diamantes industriales. También ocupó el segundo puesto mundial en oro, potasa, platino y vanadio, y el tercero en níquel. A eso se añade el mayor patrimonio forestal del planeta: la FAO estimó en 2020 unos 815 millones de hectáreas de bosque, aproximadamente una quinta parte de todos los bosques del mundo.

Con ese inventario, la pregunta no es si Rusia tiene recursos. Los tiene en una escala que pocos países pueden igualar. La pregunta es cuánto de ese patrimonio puede convertirse en productividad, servicios públicos y bienestar cotidiano para una población repartida sobre un espacio gigantesco.

El Lejano Oriente ruso ilustra el problema. El Distrito Federal del Lejano Oriente ocupa 6,95 millones de kilómetros cuadrados, el 40,6% del territorio nacional, pero en 2025 albergaba solo 7,85 millones de habitantes, el 5,38% de la población. Es una densidad humana diminuta sobre una superficie comparable a la de un continente. Construir una carretera, una red eléctrica, un hospital, una escuela, una tubería o una conexión digital para comunidades muy separadas cuesta mucho más por habitante que hacerlo en una gran aglomeración.

El Banco Mundial lleva años describiendo este fenómeno como una de las grandes particularidades de la economía rusa. Sus estudios sobre las disparidades espaciales señalan una combinación poco común: población dispersa hacia el interior, enormes distancias respecto de mercados densos, legado de la planificación soviética y una actividad extractiva que se concentra donde están los yacimientos, no necesariamente donde es más fácil construir ciudades competitivas. La urbanización, la conexión con grandes mercados y el capital humano son tan importantes como la presencia física de minerales.

Por eso «no explotado» o «poco desarrollado» no significa simplemente que haya riquezas esperando una excavadora. En el Ártico, Siberia y el Lejano Oriente, el potencial convive con permafrost, clima extremo, enormes distancias y costes logísticos. Un yacimiento puede ser extraordinario y seguir necesitando miles de millones en transporte, energía, vivienda y servicios antes de producir valor estable. El recurso existe; convertirlo en una economía diversificada es otra tarea.

La segunda capa del contraste aparece en los ingresos. Rosstat sitúa el ingreso monetario medio per cápita de Rusia en 63.959 rublos al mes en 2024. En Moscú alcanzó 143.171 rublos. Es 2,24 veces la media nacional. En la República de Tuvá, en cambio, el ingreso per cápita fue de 33.541,6 rublos y la mediana quedó en 26.264,2. La cifra de Moscú fue 4,27 veces superior a la de Tuvá.

La pobreza muestra el mismo desnivel. El anuario estadístico ruso sitúa en 7,1% la proporción nacional de personas con ingresos por debajo del umbral de pobreza en 2024. En Tuvá, la estadística regional la situó en 20,4%. Eso no significa que toda la Rusia situada fuera de Moscú sea pobre. Hay regiones industriales fuertes, grandes ciudades dinámicas y territorios extractivos con salarios elevados. Significa algo más preciso: el lugar de residencia cambia de forma enorme las posibilidades económicas de una familia.

La diferencia no se limita al dinero que entra en un hogar. En Buriatia, otro territorio del este del país, las estadísticas de 2024 muestran hasta qué punto la infraestructura puede seguir otra velocidad. En el parque de viviendas rural, solo el 21,7% de la superficie estaba equipada con agua corriente, el 18,2% con alcantarillado, el 24,1% con calefacción y el 10,7% con agua caliente. Son datos de una región concreta y no deben extrapolarse a toda la Rusia rural, pero sirven para ver qué significa en la práctica la distancia entre riqueza nacional y condiciones locales.

El contraste se vuelve todavía más paradójico porque buena parte de la riqueza se produce precisamente lejos de las metrópolis. La EIA calcula que el distrito autónomo de Yamalia-Nenets concentra cerca del 90% de la producción rusa de gas y el 78% de sus reservas gasísticas. Yakutia alberga minas de diamantes de importancia mundial. Siberia occidental es el corazón del petróleo. El mapa de los recursos y el mapa de las grandes concentraciones de población no son el mismo.

Esa separación ayuda a explicar por qué medir la riqueza de Rusia solo por barriles, toneladas o kilómetros cuadrados conduce a una imagen incompleta. El petróleo puede financiar exportaciones y presupuesto; el paladio puede dar poder de mercado; los bosques representan capital natural; los diamantes generan renta. Pero el nivel de vida depende de otra cadena: productividad de empresas no extractivas, carreteras, vivienda, escuelas, sanidad, competencia, inversión local, acceso a mercados y capacidad de transformar ingresos públicos en servicios.

El Banco Mundial lo planteó en términos de «riqueza integral»: el capital natural es solo una parte del balance de una nación. El capital producido, las habilidades de las personas y la calidad de las instituciones determinan cuánto rendimiento obtiene una sociedad de lo que posee. En un país del tamaño de Rusia, además, ese rendimiento cambia radicalmente según el punto del mapa.

También conviene desconfiar del retrato opuesto: una Rusia de provincias uniformemente empobrecidas frente a una única isla próspera llamada Moscú. San Petersburgo, Kazán, Ekaterimburgo, Tiumén, Novosibirsk, Krasnoyarsk y otros centros tienen economías, universidades e industrias propias. Algunos territorios del norte y del Ártico pagan salarios elevados precisamente por la minería y la energía. Pero los promedios de esos polos pueden convivir con asentamientos pequeños donde cada servicio cuesta más, las oportunidades laborales son estrechas y la distancia a un mercado grande se mide en cientos o miles de kilómetros.

Ahí está la dimensión más importante del potencial ruso. El país no necesita descubrir que posee petróleo, gas, metales, bosques o tierra: eso se sabe desde hace décadas y gran parte ya se explota. El potencial pendiente está en elevar el valor creado por cada unidad de ese patrimonio y, sobre todo, en conectar mejor los lugares que producen riqueza con las personas que viven en ellos.

El Lejano Oriente ofrece la escala de ese desafío: cuatro de cada diez kilómetros cuadrados del país y apenas uno de cada veinte habitantes. Tuvá muestra la brecha de ingresos; Buriatia, una de sus caras infraestructurales; Moscú, el poder de la concentración económica. Ninguno de esos ejemplos por sí solo describe a Rusia. Juntos sí muestran una característica central del país: una abundancia material extraordinaria que convive con una distribución territorial del bienestar mucho más desigual de lo que sugieren los grandes números nacionales.

El futuro de esa contradicción dependerá menos de encontrar otro yacimiento que de algo más difícil: hacer productivas las distancias, diversificar economías locales, sostener ciudades y pueblos remotos y convertir renta de recursos en capital humano e infraestructura. Rusia ya posee una parte enorme del inventario físico. La cuestión que sigue abierta es cuánto de ese inventario puede convertirse en prosperidad cotidiana, y para cuántas personas.

Alba Aguilar

Autor

Periodista de sociedad

Alba Aguilar cubre para Claroscuro actualidad, política, economía, sociedad y cultura. Su trabajo se centra en la verificación, el contexto y explicaciones claras para los lectores.

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