La inmigración masiva no es la solución económica que prometían, según un análisis crítico
Un artículo de opinión cuestiona el argumento económico utilizado durante décadas para justificar la inmigración masiva, señalando que el crecimiento del PIB no se traduce en mayor productividad ni bienestar para los ciudadanos, y que España afronta problemas estructurales sin resolver.

Durante décadas, el discurso dominante ha sostenido que la inmigración masiva es necesaria para pagar las pensiones, garantizar el crecimiento económico y sostener el Estado del bienestar. Sin embargo, un análisis crítico publicado recientemente pone en duda esta narrativa y la califica de «falsa coartada». El artículo sostiene que la llegada constante de nuevos residentes no ha resuelto los problemas estructurales de la economía española, como la baja productividad, la precariedad laboral o la crisis de acceso a la vivienda.
El texto recuerda que, aunque el producto interior bruto (PIB) aumenta al incorporarse más trabajadores y consumidores, ese crecimiento no implica necesariamente una mejora del PIB por habitante, de la productividad o de los salarios reales. «Crecer porque hay más gente no es lo mismo que crecer porque cada trabajador produce más riqueza», señala el autor. En España, donde residen cerca de siete millones de extranjeros y casi uno de cada cinco habitantes ha nacido fuera del país, el crecimiento económico reciente coincide con la mayor oleada migratoria de la historia reciente, pero los desequilibrios persisten.
El Banco de España ha identificado la baja productividad como uno de los principales lastres de la economía nacional. El país sigue dependiendo de sectores intensivos en mano de obra, con salarios relativamente bajos y escaso valor añadido. Al mismo tiempo, la vivienda atraviesa la peor crisis de acceso en décadas: los jóvenes retrasan su emancipación porque no pueden pagar un alquiler, y las empresas denuncian dificultades para encontrar trabajadores mientras los salarios apenas crecen en términos reales en numerosos sectores.
El artículo critica que la solución recurrente a la escasez de mano de obra haya sido importar trabajadores en lugar de invertir en tecnología, automatizar procesos, formar mejor a la plantilla u ofrecer salarios más altos. «La última opción suele ser la más rápida y la más barata, y a los empresarios puede venirles estupendamente a corto plazo. Precisamente por eso retrasa todas las demás», advierte. Cuando la mano de obra barata está siempre disponible, la presión para innovar y para subir salarios disminuye, lo que, según numerosos estudios, puede traducirse en una congelación salarial para los trabajadores.
En cuanto al sistema de pensiones, el análisis señala que la llegada de inmigrantes jóvenes mejora temporalmente la relación entre cotizantes y jubilados, pero no es una solución sostenible. Esos trabajadores también envejecen, adquieren derechos y acabarán jubilándose, por lo que el sistema no se corrige: simplemente se traslada el problema al futuro. «Si la única respuesta consiste en traer una nueva generación de inmigrantes para financiar a la anterior, la bola de nieve sigue creciendo», afirma el texto.
El artículo también subraya que no todos los inmigrantes son iguales desde el punto de vista económico. No es lo mismo un neurocirujano que un peón. Y la propuesta de regularizar de golpe a más de un millón de inmigrantes, que además traerán a sus familias, afectaría en alta proporción a trabajadores de baja cualificación. Mientras otros países compiten por atraer perfiles de alta productividad, España ha renunciado prácticamente a cualquier política selectiva.
Además, cada nuevo residente necesita vivienda, infraestructuras, transporte, sanidad, educación y servicios públicos. Cuando la oferta de vivienda apenas aumenta y la población sí lo hace, el resultado es previsible: suben los precios. El PIB puede crecer al mismo tiempo que disminuye la renta disponible de las familias, porque una parte creciente de sus ingresos se destina al alquiler o la hipoteca.
El análisis concluye que la inmigración masiva puede estar sirviendo para dar una nueva «patada a la lata» y posponer las reformas necesarias para resolver los problemas estructurales de la economía española. La prosperidad es un bien, pero no el único, y una nación tiene derecho a preguntarse cuánto está dispuesta a sacrificar para dejar de ser ella misma. Incluso el Financial Times, uno de los periódicos económicos más influyentes del mundo, ha empezado a publicar artículos que cuestionan el dogma multicultural.


