
El gato que parecía una mascota y se convirtió en una amenaza para una especie
«Nine Lives» pasó tres años esquivando trampas en Nueva Zelanda. Su historia enfrenta dos imágenes del mismo animal: compañero doméstico y depredador invasor.
Sabine Bernert
A simple vista, «Nine Lives» podía parecer un gato atigrado como tantos otros. Grande, gris y con unas marcas fáciles de reconocer en las cámaras, no tenía aspecto de animal extraordinario. Sin embargo, en la península de Purerua, al norte de Nueva Zelanda, se convirtió en el depredador que durante casi tres años frustró un programa para recuperar al pāteke, uno de los patos más raros del país.
La primera crisis llegó en 2023. Pest Free Purerua liberó 20 pāteke criados para regresar a la naturaleza. Los responsables creían que la presencia de gatos asilvestrados estaba controlada. En menos de una semana apareció el primer pájaro muerto. Las cámaras identificaron a un gran gato atigrado con marcas particulares y el equipo le atribuyó después la muerte de otros 15 ejemplares.
A partir de ahí empezó una persecución larga. Se colocaron más trampas, jaulas y cámaras nocturnas. Otros gatos fueron capturados, pero este no. Aparecía al atardecer, a medianoche, por la mañana o de día y podía desaparecer durante dos o tres meses. Esa capacidad para escapar una y otra vez le dio su apodo, «Nine Lives».
En 2024, los conservacionistas lo intentaron de nuevo con otros 20 pāteke. El mismo gato reapareció y, según el proyecto, mató a 15 aves de la nueva liberación. The Guardian calcula que en total causó la muerte de decenas de pāteke, alrededor del 1% de la población. La cifra es una estimación, pero muestra lo que ocurre cuando una especie muy escasa se enfrenta a un depredador eficiente.
El Departamento de Conservación de Nueva Zelanda estimaba en 2022 entre 2.000 y 2.500 pāteke salvajes. Se trata de una especie endémica y del ave acuática más rara de la parte continental del país. Su población ha mejorado gracias a décadas de trabajo, pero sigue dependiendo del control de depredadores, la recuperación de humedales y los programas de cría y liberación.
El desenlace llegó a finales de julio de 2026. El gato hizo algo inusual: visitó una cantera durante tres noches consecutivas. Los tramperos aprovecharon la rutina, colocaron jaulas y usaron salmón, pollo frito y conejo como cebo. El 30 de julio una cámara envió una alerta. El animal estaba dentro de una jaula. Tras identificarlo, el equipo lo abatió de forma considerada humanitaria.
La muerte abrió un contraste difícil. Algunas personas lamentaron que el gato no fuera salvado. Para los conservacionistas, en cambio, era un animal introducido que estaba destruyendo una población sin margen para soportar tantas pérdidas. El gato no cazaba por maldad; el problema era que hacía lo que hacen los gatos dentro de un ecosistema que no evolucionó para resistir esa presión.
Nueva Zelanda incorporó a los gatos asilvestrados a los objetivos de Predator Free 2050 en noviembre de 2025. El gobierno dejó fuera de forma explícita a los gatos domésticos y planteó más coordinación, financiación y herramientas humanitarias para el control de las poblaciones salvajes.
El cuerpo de «Nine Lives» iba a ser estudiado y posteriormente disecado para actividades educativas. Purerua podría volver a liberar pāteke. Si las aves sobreviven, la historia mostrará el efecto de retirar a un depredador excepcional. Si vuelven las pérdidas, el problema será menos cinematográfico pero más profundo: evitar que otro gato ocupe el mismo lugar.
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