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Claroscuro

11 agosto 2026

Sociedad

El cerebro de los perros distingue el miedo de la ira y la tristeza

Un estudio con resonancia funcional muestra que el miedo humano produce patrones cerebrales distintos de la ira y la tristeza en perros despiertos.

San906 / Wikimedia Commons

Los perros no parecen meter todas nuestras caras negativas en la misma categoría. Un nuevo estudio con resonancia magnética funcional encontró que el cerebro canino representa el miedo de forma diferente a la ira y la tristeza, aunque no logró separar de manera fiable la ira de la tristeza.

El trabajo, publicado en iScience, se realizó con perros de compañía despiertos y entrenados para permanecer quietos dentro del escáner. Mientras se registraba su actividad cerebral, veían fotografías de personas desconocidas con distintas expresiones faciales.

El primer experimento incluyó a ocho perros. Las imágenes mostraban rostros felices o neutros. Las caras felices generaron una mayor actividad en una región temporal derecha que se extendía hacia el núcleo caudado, una estructura relacionada, entre otras funciones, con el procesamiento de la recompensa.

El segundo experimento elevó la dificultad. Doce perros vieron cuatro expresiones: felicidad, ira, miedo y tristeza. Cuando los investigadores analizaron solo la región localizada en el primer experimento, un clasificador pudo distinguir la felicidad de cada una de las tres expresiones negativas. Sin embargo, no separó bien las emociones negativas entre sí.

La diferencia apareció al analizar patrones distribuidos por todo el cerebro. El miedo se distinguió de la ira y también de la tristeza. En cambio, la comparación entre ira y tristeza no produjo una separación fiable.

Ese detalle cambia el modo de contar lo que significa que un perro “lea” una cara humana. La novedad no es simplemente que detecte si estamos bien o mal. Según los autores, es la primera evidencia neural de que el cerebro del perro puede diferenciar al menos algunas expresiones humanas que comparten la misma valencia negativa.

Una posible explicación está en el tipo de amenaza. Una persona asustada puede indicar que existe un peligro en el entorno. Una persona enfadada puede ser ella misma la fuente de una amenaza social. La tristeza, por su parte, no tiene por qué anunciar un peligro inmediato.

Para un animal que lleva generaciones viviendo dentro de entornos humanos, esas diferencias podrían ser útiles. No hace falta que un perro tenga una definición humana de “miedo” para beneficiarse de una señal que le diga que debe mirar alrededor, del mismo modo que no necesita una palabra para decidir que conviene mantener distancia ante una expresión amenazante.

Pero el estudio no demuestra que los perros comprendan nuestras emociones del mismo modo que nosotros. La resonancia muestra diferencias en la actividad cerebral ante estímulos visuales; no revela la experiencia subjetiva del animal ni prueba que tenga categorías conceptuales equivalentes a las humanas.

Además, una fotografía simplifica mucho una interacción real. En casa o en la calle, el perro escucha el tono de voz, observa la postura, percibe movimientos y olores y conoce la historia de la persona que tiene delante. La expresión facial es solo una parte de ese conjunto.

El tamaño de las muestras también obliga a ser prudentes. Ocho perros participaron en el primer experimento y doce en el segundo. La resonancia con animales despiertos exige entrenamiento y limita los grupos, pero será necesario repetir los resultados con más perros, distintas razas, edades y experiencias.

La metodología deja otra pista interesante. La región seleccionada captó bien la frontera amplia entre felicidad y expresiones negativas. Las diferencias dentro de lo negativo solo aparecieron cuando se observó el cerebro como un sistema distribuido. Eso sugiere que la información social compleja no depende necesariamente de un único “centro de emociones”.

El siguiente paso será comprobar si esas diferencias se convierten en decisiones visibles. Ante una cara asustada, ¿el perro busca un peligro en el entorno? Ante la ira, ¿aumenta la distancia? ¿La tristeza provoca otro tipo de acercamiento? Esas preguntas pueden estudiarse con seguimiento de la mirada y pruebas de conducta.

Por ahora, la conclusión es más precisa que el tópico de que los perros “notan nuestro estado de ánimo”. Su cerebro parece conservar parte de la diferencia entre varias formas humanas de malestar. El miedo, al menos en este experimento, no se procesa como una simple versión más de una cara negativa.

Alba Aguilar

Autor

Periodista de sociedad

Alba Aguilar cubre para Claroscuro actualidad, política, economía, sociedad y cultura. Su trabajo se centra en la verificación, el contexto y explicaciones claras para los lectores.

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