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Claroscuro

12 agosto 2026

Estilo de vida

La tecnología quería aislarnos en un visor y el mercado eligió gafas

Durante décadas, la realidad virtual prometió sustituir la pantalla y llevarnos dentro del mundo digital. En 2026, el crecimiento se desplaza hacia unas gafas mucho menos inmersivas y mucho más fáciles de integrar en la vida diaria.

NASA

La imagen clásica del futuro tecnológico era bastante clara: una persona con un visor sobre los ojos, rodeada de un mundo que solo ella podía ver. Durante años, esa escena parecía inevitable. Mejorarían las pantallas, desaparecerían los cables y terminaríamos trabajando, jugando y socializando dentro de espacios virtuales.

La tecnología sí mejoró. La costumbre no llegó al mismo ritmo.

La historia tiene varios avisos. Nintendo lanzó Virtual Boy en 1995 y lo retiró rápidamente tras vender alrededor de 770.000 unidades. Google hizo después algo casi opuesto con Cardboard: una pieza barata de cartón que usaba el móvil como pantalla. A principios de 2016 hablaba de cinco millones de usuarios. Millones probaron la sensación; eso no significó que quisieran vivir con ella.

Oculus convirtió la realidad virtual en algo mucho más serio. Facebook compró la empresa por unos 2.000 millones de dólares y, en 2021, cambió su propio nombre a Meta. El metaverso ya no era un accesorio de videojuegos: se presentaba como la siguiente etapa de la vida social digital.

El coste de esa apuesta aparece en la investigación de Science Official «Why Virtual Reality Keeps Missing the Mass Market». Las pérdidas operativas acumuladas de Reality Labs desde 2020 hasta el primer semestre de 2026 suman aproximadamente 92.200 millones de dólares.

No es correcto llamar a toda esa cifra «dinero gastado en el metaverso». Reality Labs también incluye realidad aumentada, wearables, software y tecnologías básicas. Pero el número muestra la distancia entre la magnitud de la inversión y la lenta adopción de los visores como objeto cotidiano.

Apple intentó resolver el problema desde el lujo. Vision Pro ofrece seguimiento de ojos y manos, pantallas virtuales enormes y una visión del entorno exterior mediante cámaras. El resultado puede ser fascinante. También cuesta desde 3.499 dólares en Estados Unidos y pesa aproximadamente entre 750 y 800 gramos, más una batería externa de 353 gramos.

Aquí aparece el contraste entre deseo y hábito. Un objeto puede parecernos increíble sin encajar en nuestra manera de vivir. El móvil funciona mientras caminamos, esperamos, conversamos o viajamos. Los auriculares acompañan. El reloj se queda en la muñeca. Un visor pide una decisión más intensa: ahora entro.

Incluso cuando permite ver la habitación, el gesto social cambia. La persona de enfrente ve un aparato cubriendo los ojos. Para un videojuego o una experiencia inmersiva, esa separación es parte de la gracia. Para la mayoría de las pequeñas tareas diarias, puede sentirse como demasiado ritual.

Las investigaciones sobre adopción de VR señalan precisamente factores como facilidad de uso, disfrute, influencia social y experiencia previa. Los estudios de ergonomía añaden peso, equilibrio y cybersickness. Ninguno de esos problemas se resuelve solo aumentando la resolución.

Por eso resulta tan simbólico lo que ocurre ahora. IDC prevé para 2026 unos 13,6 millones de envíos de gafas inteligentes sin pantalla frente a unos 3,2 millones de dispositivos de realidad mixta. La rama con más impulso no intenta sustituir lo que vemos, sino acompañarlo.

Es un giro cultural. Durante años, la industria vendió la idea de escapar a un espacio digital mejor construido. Las nuevas gafas ofrecen algo menos dramático: cámara, audio, inteligencia artificial y acceso rápido a servicios mientras seguimos mirando a otras personas y al mundo real.

Quizá el público nunca rechazó la tecnología en la cara. Rechazó la obligación de abandonar la escena para usarla. Si las gafas consiguen añadir utilidad sin pedir ese pequeño aislamiento, el futuro puede terminar pareciéndose mucho menos a una película de ciencia ficción — y precisamente por eso mucho más a la vida real.

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