La segunda estrella de España se celebra en un bar de Nueva York tras el alto precio de las entradas
Un periodista viaja a Nueva York para la final del Mundial, pero acaba viendo el partido en un bar tras negarse a pagar los 8.000 dólares que la FIFA pedía por una entrada. La experiencia refleja el fervor futbolístico en la ciudad y la victoria coral de España.

Un viaje profesional a la final del Mundial de fútbol terminó en un bar de Nueva York después de que el periodista se negara a pagar los 8.000 dólares que la FIFA reclamaba por un asiento en el Metlife Stadium. La decisión, tomada tras sopesar el coste, llevó al autor a vivir el partido desde un establecimiento del barrio de Onieal's, donde la selección española logró su segunda estrella mundialista.
El precio de las entradas para la final, que enfrentaba a España y Argentina, alcanzó cifras desorbitadas. A 48 horas del inicio del partido, la entrada más barata costaba 17.000 dólares, según la FIFA. La Real Federación Española de Fútbol (RFEF) ofreció algunas entradas a 8.000 dólares, una cantidad que el periodista y sus compañeros rechazaron sin dudar. «Esta vez supe decir no», confiesa el autor, quien recuerda cómo otros aficionados en la cola de embarque bromeaban sobre haber pagado ese precio, diciendo: «Igual dejo a los niños sin universidad».
El viaje comenzó con un contratiempo menor en el control de pasaportes del aeropuerto de Newark, en Nueva Jersey, donde un plátano olvidado en la mochila casi provoca una inspección más exhaustiva. «¿Trae usted comida, tabaco o alcohol?», preguntó el agente. La anécdota quedó en nada, pero al reencontrarse con sus compañeros, el periodista supo que la opción de entrar con invitación al estadio estaba descartada. «Había algo de vergüenza y dolor en el tono de quien me convenció para viajar», relata.
A pesar de las dificultades, Nueva York se volcó con el fútbol durante el fin de semana. Escaparates de todo tipo, desde tiendas de lujo en Columbus Circus hasta pequeños comercios en Staten Island, se llenaron de camisetas rojas y albicelestes. El sistema de alertas informó a los neoyorquinos de cortes y atascos previstos para el domingo, y una amplia minoría de personas, muchas de las cuales no hablaban español, vestían las camisetas de las selecciones. «En pleno Nueva York, la FIFA y el fútbol marcaron un buen gol», concluye el autor.
El partido se retransmitió por la cadena FOX, con comentaristas como Thierry Henry, que buscó símiles con el béisbol, el baloncesto y el fútbol americano para explicar el estilo de juego de cada equipo. «Lo que hace España es defenderse con balón porque no hay límite de posesión en el fútbol», explicó Henry, dirigiéndose a una audiencia estadounidense que, sin entender del todo el deporte, se había dejado llevar por la marea mundialista. En el bar, los camareros preguntaban si los clientes eran argentinos o españoles, y los aficionados respondían cantando «Espantina!!!», lo que generó un ambiente de complicidad.
La previa de la FOX se centró en dos figuras: Lionel Messi, comparado con Tiger Woods y Michael Jordan, y Lamine Yamal, presentado como el futuro del fútbol. Messi, vestido con un look que evocaba a un rapero de Compton o el Bronx, simbolizaba la conexión entre el deporte y la cultura urbana estadounidense. El partido, que España ganó de forma coral, demostró que el equipo no dependía de una sola estrella, sino de un juego colectivo que cautivó a los presentes.
La experiencia del periodista refleja cómo el fútbol, a pesar de los precios prohibitivos de las entradas, logró unir a aficionados de diferentes orígenes en un bar de Nueva York. La negativa a pagar 8.000 dólares no impidió disfrutar de la victoria, sino que transformó la final en una celebración compartida con otros seguidores. «Podrán contar que vieron el partido con cinco gallegos que les comimos la oreja hablando sobre nuestra relación con España y Argentina», concluye el autor, subrayando el valor de la experiencia humana por encima del coste económico.


