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Claroscuro

12 octubre 2026

Estilo de vida

La generación Z lleva la ropa de segunda mano a las bodas

La generación Z, criada en la cultura del thrifting, incorpora prendas y accesorios de segunda mano en sus enlaces, desde el vestido hasta los detalles más personales, en una tendencia que redefine la tradición nupcial.

Naomi King from San Francisco, USA

La generación Z, que ha crecido comprando ropa de segunda mano, empieza a casarse y traslada ese hábito a sus bodas. Lo que antes era una excepción en el vestuario nupcial se ha convertido en una seña de identidad para una generación que valora la sostenibilidad, la autenticidad y el ahorro sin renunciar al estilo.

El fenómeno no se limita al vestido de novia. Los enlaces de esta generación incorporan piezas de segunda mano en prácticamente todos los ámbitos: trajes, accesorios, decoración, vajilla e incluso los anillos. La lógica es doble: por un lado, responde a una conciencia medioambiental cada vez más extendida; por otro, permite encontrar objetos únicos que escapan a la producción en serie y aportan un carácter personal a la celebración.

La tradición nupcial anglosajona exige que la novia lleve «algo viejo, algo nuevo, algo prestado y algo azul». Para muchas parejas jóvenes, la compra de segunda mano cubre esa exigencia con naturalidad. Un vestido heredado, un broche de una abuela o una vajilla antigua adquieren un valor simbólico que no tendría una pieza recién comprada. La costumbre, lejos de perder vigencia, se refuerza con el consumo circular.

El thrifting, que durante años fue una práctica minoritaria asociada a presupuestos ajustados, se ha convertido en un hábito masivo entre los jóvenes. Las aplicaciones de reventa, las tiendas benéficas y los mercadillos vintage forman parte de la rutina de compra de una generación que no percibe el artículo usado como una limitación, sino como una ventaja. Esa mentalidad se traslada ahora al día de la boda, uno de los momentos de mayor gasto para una pareja.

El contexto económico también influye. El precio medio de una boda ha crecido de forma sostenida en los últimos años, y muchas parejas buscan fórmulas para contener el presupuesto sin renunciar a una celebración cuidada. La ropa de segunda mano permite destinar menos dinero al vestuario y más a otros aspectos del enlace, como el banquete, la música o el viaje. Además, la reventa posterior del vestido se ha normalizado: lo que se compró usado puede volver a venderse después de la ceremonia.

El impacto se extiende a la industria nupcial. Firmas de moda, diseñadores y tiendas especializadas observan cómo cambian los hábitos de compra de sus clientes más jóvenes. Algunas marcas han empezado a incorporar líneas de alquiler o de segunda mano, mientras que las plataformas de reventa ganan peso como canal de acceso a piezas de diseñador a precios reducidos. La sostenibilidad, que hace una década era un argumento secundario, se ha vuelto un criterio de decisión.

En el plano cultural, la tendencia refleja un cambio más amplio en la forma de entender el consumo y la memoria. Los objetos heredados o encontrados en mercados de segunda mano conectan la boda con la historia familiar y con un pasado que se quiere preservar. No se trata solo de ahorrar, sino de construir una celebración con significado, alejada de la uniformidad de los catálogos nupciales.

Para una generación que ha hecho de la mezcla de estilos y épocas una seña de identidad, la boda se convierte en un escaparate de esa filosofía. El resultado son enlaces menos previsibles, con piezas que cuentan una historia y que difícilmente se repetirán en otra celebración. La tradición del «algo viejo» deja de ser un requisito formal para convertirse en una elección consciente y compartida.

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Beatriz Fuentes

Autor

Redactora cultural

Beatriz Fuentes cubre para Claroscuro actualidad, política, economía, sociedad y cultura. Su trabajo se centra en la verificación, el contexto y explicaciones claras para los lectores.

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