La entrevista ya no exige traje: importa encajar con la cultura de empresa
El traje sigue siendo adecuado en sectores formales, pero ya no funciona como regla universal. Reclutadores aconsejan observar cómo se viste realmente la plantilla y elevar solo un poco el nivel.

Durante años, vestirse para una entrevista de trabajo parecía tener una solución sencilla: traje, zapatos formales y, según el caso, corbata. La ventaja de esa fórmula era que evitaba pensar demasiado. En 2026 sigue siendo correcta en algunos sectores, pero el mundo laboral se ha vuelto demasiado diverso para aplicarla a todas las empresas.
Associated Press analizó este cambio en un reportaje publicado por Fortune el 7 de agosto. Reclutadores, estilistas y candidatos explican que las oficinas informales, el trabajo híbrido y las entrevistas por videollamada han ampliado el concepto de apariencia profesional. Conviene aclarar algo: el artículo no es un estudio estadístico que demuestre que vestir demasiado formal reduce las probabilidades de conseguir empleo. La conclusión es más prudente: el traje ha dejado de ser el uniforme automático en todos los contextos.
En muchos lugares sigue teniendo pleno sentido. AP menciona los puestos ejecutivos, el derecho y los servicios financieros entre los ámbitos donde el traje continúa siendo frecuente. Cuando el trabajo implica representar a una institución ante clientes, inversores o socios, la formalidad puede formar parte de la confianza y del lenguaje profesional.
En una startup, una empresa tecnológica o un estudio creativo, sin embargo, el código diario puede estar mucho más cerca del casual o del business casual. Llegar con un traje muy rígido no es una falta. Pero puede crear una distancia innecesaria, sobre todo si el propio candidato siente que está vestido para otra escena.
Por eso la nueva recomendación empieza antes de abrir el armario. Hay que mirar la web de la empresa y sus redes sociales. LinkedIn, Instagram, vídeos de eventos, páginas de empleo y fotografías de equipos ofrecen pistas sobre cómo se presenta la organización. Lo importante es buscar patrones, no fijarse en una sola imagen de un directivo durante una gala.
Si la mayoría de empleados aparece con vaqueros, camisetas, polos o jerseys, puede ser razonable presentarse un poco más arreglado: pantalón o vaquero oscuro, camisa, blusa o punto limpio y bien cortado. Si predomina el business casual, una americana puede marcar la diferencia. Si la formalidad se repite de forma clara, el traje vuelve a ser la opción lógica.
También importa el puesto. Una persona que va a trabajar en ventas o relaciones con clientes puede necesitar más formalidad que alguien de un equipo interno de producto. Dentro de una misma compañía pueden coexistir varios códigos. El candidato debe investigar no solo la marca, sino el entorno social de la función concreta.
Esta forma de prepararse tiene una ventaja práctica: reduce la ansiedad. Sentirse claramente demasiado vestido o demasiado informal puede consumir atención durante la entrevista. Eso no significa que el entrevistador vaya a rechazar a alguien por una chaqueta. Significa que evitar una sensación de desajuste ayuda a entrar en la conversación con más naturalidad.
Cuando las redes no sirven, preguntar al reclutador es perfectamente válido. «¿Hay algún código de vestimenta recomendado para la entrevista?» es una pregunta sencilla. Las empresas también pueden facilitar el proceso indicando si esperan formal, business casual o un estilo relajado en la propia invitación.
La videollamada no elimina estas reglas. Los expertos citados por AP recomiendan poner el mismo cuidado que en una entrevista presencial. Las prendas deben estar limpias, sentar bien y funcionar en cámara. Los colores lisos suelen ser fáciles de reproducir, mientras que algunos estampados pequeños y contrastados pueden distraer o parpadear en pantalla.
El ajuste importa más que la etiqueta. Una americana cara que tira de los hombros o unos zapatos nuevos que duelen no mejoran una entrevista. La ropa ideal permite sentarse, levantarse y gesticular sin pensar en ella. Cuando la conversación empieza, el candidato debería poder olvidarse de su vestuario.
Y observar la cultura no significa copiarla. Si nunca llevas sudadera, no hace falta comprar una para parecer compatible con una startup. Si te gusta la sastrería, puedes mantenerla y suavizarla. La autenticidad también forma parte de la imagen profesional.
El cambio, por tanto, no consiste en sustituir «siempre traje» por «nunca traje». Consiste en pasar de una norma universal a una decisión informada. Sector, empresa, función y un pequeño grado extra de pulido: esa combinación ofrece una guía más precisa para la entrevista actual.
El traje conserva poder, elegancia y utilidad. Solo ha dejado de ser la única contraseña visual del profesional serio. Hoy demuestra más criterio quien entiende cuándo usarlo que quien lo lleva por automatismo a cualquier puerta.


