
El shibui y la belleza de lo que pasa: la lección japonesa sobre el tiempo
Frente a la obsesión por detener el paso del tiempo, la cultura japonesa propone el shibui, una sensibilidad estética que encuentra belleza en lo que madura, envejece y se marchita. La japonesista Anna Zalewska explica cómo esta mirada transforma nuestra relación con la edad y la pérdida.
La obsesión por detener el paso del tiempo —combatir las arrugas, ocultar las canas, aferrarse a lo que ya pasó— domina buena parte de la vida contemporánea. Frente a esa ansiedad, la cultura japonesa ofrece una sensibilidad distinta: el shibui, una estética que no busca la perfección del instante pleno, sino la belleza serena de lo que madura, envejece y se marchita.
«Docenianie chwili to nie jest to samo, co jej zatrzymanie czy kurczowe chwytanie się», señala Anna Zalewska, de la Cátedra de Japonística de la Universidad de Varsovia, en declaraciones a Onet. Es decir, apreciar el momento no equivale a detenerlo ni aferrarse a él con desesperación. La clave está en acompañar el fluir en lugar de resistirse a él.
El shibui se reconoce en lo sencillo y lo discreto. No es el brillo estridente ni la juventud eterna, sino la pátina que deja el tiempo: la textura de un objeto usado, la serenidad de un rostro que ha vivido, la elegancia de lo que no necesita exhibirse. Esta sensibilidad recorre el arte, el diseño, la cerámica, la jardinería y hasta la forma de vestir en Japón, y conecta con otras ideas conocidas como el wabi-sabi, que celebra lo imperfecto, lo incompleto y lo efímero.
La belleza, desde esta óptica, no se limita al pleno florecimiento. También está en el capullo cerrado, en los pétalos que caen y en las flores que empiezan a marchitarse. Cada fase tiene su propio valor, y ninguna es un fracaso. Esa mirada contrasta con una cultura de la imagen que suele asociar el paso del tiempo con la pérdida y la decadencia.
La reflexión no es un simple ejercicio estético. Tiene consecuencias concretas en la manera de vivir la edad, el duelo y la memoria. Si lo que pasa no es solo una pérdida, sino también una forma de belleza, entonces envejecer deja de ser una batalla perdida y se convierte en una etapa con su propio sentido. Lo mismo ocurre con las cosas que terminan: relaciones, proyectos, lugares. Apreciarlas en su transcurso, y no solo en su punto álgido, cambia la relación con el presente.
Zalewska subraya que la apreciación de la fugacidad no implica pasividad ni resignación. Se trata de una atención distinta, más atenta y menos ansiosa, que permite disfrutar de lo que hay sin exigirle que dure para siempre. Es una forma de estar en el mundo que no niega el dolor de la pérdida, pero tampoco lo convierte en el único relato posible.
En un contexto de consumo acelerado y de culto a la novedad, el shibui funciona como un contrapunto. Propone valorar lo que ya tiene historia, lo que muestra marcas del uso, lo que no responde a los cánones de la perfección instantánea. No se trata de renunciar al cuidado personal ni al deseo de mejorar, sino de dejar de librar una guerra contra el tiempo que, por definición, no se puede ganar.
La lección japonesa, tal como la describe la especialista, invita a soltar la necesidad de controlar cada etapa y a mirar con otros ojos lo que cambia. Las arrugas, las canas y las cosas que terminan dejan de ser solo señales de pérdida para convertirse también en huellas de una vida vivida. En esa aceptación serena, y no en la resistencia, reside buena parte de su belleza.
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